Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Dejó escapar Tess una leve exclamación y al instante se apresuró a decir:

—Voy a comer aquí mismo…, sobre la hacina.

A veces, cuando se hallaban lejos de sus casas, lo hacían así todos, pero aquel día, como soplaba un viento muy fino, Marian y los demás bajaron y se sentaron al abrigo del almiar.

El recién llegado era, en efecto, Alec d’Urberville, el evangelista de marras, a pesar de la metamorfosis que sufriera en su atavío y porte.

A primera vista se advertía que le había vuelto el gusto por el mundo y se había restaurado cuanto materialmente puede restaurarse un hombre con tres o cuatro años más encima, volviendo a aquella vida licenciosa y desenfadada que llevara cuando Tess le conoció. Decidida ésta a no bajar de la hacina, se sentó allí entre las gavillas, invisible para los que estaban en el suelo, y empezó a comer. Hasta que oyó pisadas en las escalerillas y a poco vio asomar la cara de Alec sobre la hacina, que era ya una plataforma de mies, lisa y alargada. Alec cruzó por entre los demás y, sin decir palabra, se sentó junto a ella.

Tess continuó consumiendo su modesta comida, una torta que a prevención llevara. Los demás se habían congregado en torno al almiar, donde la paja suelta ofrecía confortable cobijo.

—Ya estoy aquí otra vez —dijo d’Urberville.


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