Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Eso es que se ha quitado el traje negro y el alzacuello blanco y se ha cortado las patillas, pero a pesar de todo te digo que es el mismo.

—¿De veras? Pues entonces voy a decírselo a Tess —dijo Marian.

—No te molestes, que ya lo verá ella.

—Es que no me parece muy bien que al mismo tiempo que anda por ahí predicando se ponga a hacerle la corte a una mujer casada, aunque su marido la haya dejado y pueda considerársela viuda.

—¡Bah!, no ha de conseguir nada —dijo secamente Izz—; no hay quien la saque de sus trece. Cuando una mujer no quiere, no sirven de nada galanteos ni sermones.

Llegó la hora de la comida y paró la máquina, pudiendo Tess dejar su puesto, aunque con las piernas tan temblorosas de la trepidación del artefacto que apenas podía andar.

—¡Deberías echar un trago, como he hecho yo! —le dijo Marian—. ¡Y no estarías tan pálida! Que tienes la cara como si te hubieran dado un susto.

Juzgó la pobre Marian que con lo cansada que estaba Tess pudiera quitársele el apetito al ver al rondador, y se disponía a ayudarla a bajar por una escalera de mano apoyada al otro extremo de la hacina, cuando el caballero se acercó y alzó la vista arriba.


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