Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Probablemente había alguna razón económica para que eligiesen a una mujer para aquella faena especial, y Groby justificó la designación de Tess diciendo que era una mujer en la que se combinaban de modo raro la energía y la presteza para desatar, y ambas cualidades con la resistencia, lo cual puede que fuera cierto. El zumbido de la trilladora, que impedía toda charla, subía desaforadamente de punto cuando la provisión de mies no se hacía con la debida regularidad. Como Tess y el maquinista no podían volver la cabeza, no notó la joven que poco antes de la hora de comer había entrado en el predio silenciosamente un hombre que permanecía de pie bajo un segundo cobertizo, contemplando la escena y a Tess especialmente. Vestía un traje de mezclilla a la moda y daba vueltas en la mano a un vistoso bastón.
—¿Quién será? —le dijo Izz a Marian después de preguntárselo primero a Tess, que no llegó a oírla.
—El pretendiente de alguna, supongo —dijo lacónicamente Marian.
—¡Apuesto una guinea a que viene por Tess!
—¡Ca! El que ahora anda bebiendo los vientos por ella es un clérigo que habla por los codos, no un elegantón como ése.
—Pues yo te digo que es el mismo.
—¿Quién? ¿El predicador? ¡Pero si no se le parece en nada!