Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Los viejos que amontonaban la paja sobre el almiar recordaban aquellos tiempos en que se trillaba con mayales sobre el suelo de la era y hasta se ahechaba a brazo, procedimiento que, a juicio suyo, aunque lento, producía mejores resultados. También los de la hacina de mies le daban a la lengua, mas los que sudaban junto a la máquina, Tess entre ellos, no podían entregarse a la conversación mientras hacían su penosa faena. La continuidad de la labor llegó a fatigarla de tal modo que hubo de arrepentirse de haber ido allí. Las mujeres del almiar, Marian entre ellas, podían detenerse de cuando en cuando para beber cerveza o té frío, y cambiar unas palabras mientras se enjugaban los rostros o se sacudían de sus ropas las aristas de paja; mas para Tess no había ningún respiro, pues como el tambor no paraba nunca, tampoco podía parar el hombre que lo alimentaba ni ella, que tenía que proveerle de gavillas sueltas, a no ser que la reemplazara Marian, según lo hizo varias veces contra la voluntad de Groby, que decía era demasiado pesada y lenta para aquello.







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