Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Ángel, sólo vivo para ti. Te quiero demasiado para quejarme de tu partida; sé además que no tenías más remedio que ir allá en busca de tu porvenir. No temas que vaya a decirte ninguna palabra dura o amarga. Sólo ansío que vuelvas a mi lado. ¡Sin ti no vivo, amor mío, no vivo! No me duele trabajar. Pero si me enviaras nada más que una línea, diciéndome: «Voy para allá pronto», Ángel, ¡qué feliz sería yo! ¡Qué feliz sería!

Mi religión desde que nos casamos fue la de serte fiel en todos mis pensamientos y todas mis miradas; tanto, que cuando algún hombre me echa flores, cogiéndome desprevenida, me parece que te estoy faltando. ¿No has vuelto a sentir nunca nada, ni pizca de lo que sentías por mí cuando estábamos en la lechería? Pero si lo has sentido, ¿cómo puedes vivir lejos de mí? Yo, Ángel, soy la misma que aquélla de la cual te enamoraste; sí, la misma. No la que te desagradó y que tú no llegaste a conocer. ¿Qué fue para mí el pasado en cuanto te vi a ti? Como si no hubiera existido. Me volví otra mujer, dotada de una nueva vida que tú me infundiste. ¿Cómo podía ser yo la de antes? ¿Por qué no recapacitas en todo esto? Ángel mío, si pudieras ser un poco más presumido y tener más fe en ti mismo y en tu poder para obrar en mí ese cambio, tal vez te diera la idea de venir a reunirte con tu pobre esposa.


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