Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Alec no la acompañó más, porque, viviendo Tess en compañía, no era discreto dar que hablar a la gente. No bien hubo entrado la muchacha en su alojamiento, se lavó en una tina y luego se sentó a cenar con sus huéspedes, absorta en sus pensamientos. Después, apartándose a una mesa que había adosada a la pared, le escribió a su marido la siguiente apasionada misiva:
Esposo mío:
Déjame que te dé ese nombre, que lo necesito, aunque en verdad sea una esposa tan indigna. Tengo que acudir a ti en mi atribulación, pues no tengo a nadie más a quien recurrir. Estoy expuesta a caer en la tentación, Ángel. No me atrevo a decirte quién es el tentador, ni quiero en modo alguno darte más detalles. Pero necesito tu ayuda hasta un punto que no puedes figurarte. ¿No puedes venir enseguida, antes de que ocurra algo irreparable? De sobra sé que no, puesto que estás tan lejos. Pero creo que me moriré si no vienes pronto o no me dices que vaya a reunirme contigo. El castigo que me has impuesto bien merecido lo tengo, ya lo sé —¡y tan merecido!—; tienes mucha razón para guardarme enojo. Pero, Ángel, por favor, no seas justo; no seas más que bueno para mí, aunque no lo merezca, y ven a buscarme. ¡Si vinieras, podría siquiera morir en tus brazos! ¡Y perdonándome tú, moriría contenta!