Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Tess, si no puedo ya legitimar nuestras primeras relaciones, puedo por lo menos ayudarte, y he de hacerlo, respetando tus sentimientos mucho más de lo que lo hice hasta aquÃ. Mi manÃa religiosa, o lo que fuera, pasó ya, pero algo me queda de lo bueno que esa manÃa encerraba. Te ruego, pues, Tess, que confÃes en mÃ. Poseo más que suficiente para ponerte a ti y a tu familia a cubierto de todo apuro. Estoy en condiciones de proporcionaros a todos el bienestar con sólo que confÃes en mà un poco.
—¿Ha visto usted últimamente a mi familia? —se apresuró ella a preguntarle.
—SÃ. No supieron decirme dónde estabas. Te encontré por pura casualidad.
La frÃa luna miraba de través el fatigado semblante de Tess, filtrándose por entre el ramaje de la huerta, cuando se detuvo al llegar a su alojamiento; también d’Urberville se detuvo.
—¡No me hable usted de mis hermanos y hermanas! —exclamó Tess—. No me dé usted esa ocasión de sufrir más. Si desea usted ayudarles, y bien sabe Dios cuánto lo necesitan, hágalo sin decÃrmelo. ¡Aunque, no, no! —añadió de pronto—. ¡No he de aceptar nada suyo ni para ellos ni para mÃ!