Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville No tardó en unÃrsele d’Urberville, que habÃa estado curioseando la cacerÃa.
—¡Vaya! ¡Ya veo que el golpe no ha servido para nada! —dijo ella suspirando.
Estaba tan rendida, que no tenÃa aliento para alzar la voz.
—Bien tonto serÃa yo en tomar a ofensa nada de lo que hicieras o dijeras —respondió él con su voz seductora de los tiempos de Trantridge—. ¡Pero cómo tiembla ese cuerpecito! Estás tan débil como una corderilla herida, y sin embargo podÃas haber descansado desde que yo llegué. ¿Por qué has sido tan terca? Conste que yo le hice presente a Groby que no tenÃa derecho a emplear mujeres en la trilla mecánica. Ese trabajo, como él sabe muy bien, no es propio de mujeres ni lo hacen ya éstas en ninguna finca medio regular. Pero, en fin, te acompañaré ahora hasta tu casa.
—Bueno —respondió ella emprendiendo una marcha fatigosa—. Acompáñeme si quiere. No olvido que vino usted dispuesto a casarse antes de conocer mi actual estado. Quizá…, quizá sea usted más bueno y cariñoso de lo que yo creÃa. Lo que haga usted por bondad y por cariño se lo agradezco, pero lo que haga por otra cosa, eso no lo quiero. A veces dudo de las intenciones de usted.