Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Había bajado ya tanto la troje, que los de abajo podían por fin hablar a Tess y al hombre de la máquina. Con gran sorpresa de la joven, Groby subió a la plataforma y le dijo que si deseaba hablar con su amigo él se ofrecía a reemplazarla. Ya sabía ella que el amigo, o enemigo, era d’Urberville y que era éste quien había solicitado al granjero que la dejara ir a hablar con él. Así que movió la cabeza en señal negativa y continuó en su puesto.
Pero llegó al fin el momento de que desalojaran las ratas su guarida, dando principio la batida. Los bichos habían ido reconcentrándose hacia abajo, a medida que bajaba el nivel de la hacina, hasta encontrarse al fin todos juntos en el suelo, y al descubrírseles su último refugio, se produjo la natural desbandada en todas direcciones, oyéndose en aquel instante un alarido de la medio achispada Marian, la cual se puso a gritar diciendo que uno de los animales se le había subido por las faldas, eventualidad que habían previsto las demás mujeres apelando al recurso de apartarse de allí o atarse las faldas por los tobillos. Despejaron, pues, el campo las ratas, y entre ladridos de perros, gritos de hombres, chillidos femeniles, juramentos, golpes y una confusión de todos los demonios, desató Tess su última gavilla, refrenó su giro el tambor, cesó el resoplar de la máquina y bajó la moza del artefacto.