Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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SabĂ­a Tess que d’Urberville seguĂ­a allĂ­, observĂĄndola desde algĂșn sitio que ella no alcanzaba a distinguir. Era excusable que no se hubiera movido, pues siendo costumbre que al terminarse la trilla se les diese una batida a las ratas, mucha gente que no tenĂ­a nada que ver con ella solĂ­a acudir a la era para tomar parte en la referida diversiĂłn: hombres deportivos de toda clase, que llevaban perros y elegantes pipas, amĂ©n de gran nĂșmero de rĂșsticos con palos y piedras.

Pero todavĂ­a transcurriĂł una hora entera de trabajo hasta llegar a las Ășltimas gavillas bajo las cuales estaban guarecidas las ratas. Al extinguirse el fulgor vespertino allĂĄ por Giant’s Hill, junto a Abbot’s-Cernel, asomĂł en el horizonte la blanca faz de la luna, por el cuadrante opuesto, sobre la abadĂ­a de Middleton y Shottsford. Marian llegĂł a inquietarse por Tess, durante la Ășltima media hora, pues no habĂ­a podido acercarse a ella lo bastante como para hablarle, y las demĂĄs mujeres habĂ­an espoleado sus energĂ­as bebiendo cerveza, mientras que ella no lo hacĂ­a nunca por el horror que desde niña le tenĂ­a a la bebida, por haber tocado en su casa las consecuencias.

Pero Tess seguĂ­a firme en su puesto; le constaba que, si no desempeñaba bien su cometido, la despedirĂ­an, y aquella contingencia que un par de horas antes le hubiera parecido quizĂĄ hasta lisonjera, ahora que d’Urberville andaba rondĂĄndola, la aterraba.


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