Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Un doloroso anhelo reinaba en la troje. El hombre de la máquina estaba ya rendido y Tess le veía el encendido cogote, lleno de polvo y cascabillo. Ella seguía firme en su puesto, sudorosa la cara enrojecida y cubierta de polvo, lo mismo que el sombrero, que parecía más pardo. Era la única mujer que había encima de la máquina, así que su cuerpo aguantaba toda la trepidación de aquel girar incesante, y separada ahora de Izz y Marian por el descenso de la mies, no podían aquéllas echarle una mano como antes. El continuo temblor de que participaban todas las fibras de su cuerpo la habían hecho caer en soñadora meditación, de suerte que trabajaban sus brazos con absoluta independencia de su mente. Apenas si sabía dónde estaba y ni siquiera oyó a Izz cuando ésta desde abajo le dijo que se le estaba deshaciendo el peinado.
Poco a poco comenzaron los más firmes a tomar aspecto de cadáveres. Cuando alzaba Tess la cabeza miraba al almiar, siempre en aumento, en lo alto del cual estaba un bracero en mangas de camisa, resaltando sobre el cielo gris del norte, teniendo enfrente el rojo elevador cual la bíblica escala de Jacob[138], por la que ascendía en incesante corriente la paja trillada, un río que corría cuesta arriba hasta verterse en la cima del almiar.