Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Así transcurrió la tarde. Bajaba la mies de la troje, subía la paja del almiar y no cesaba en ningún momento el acarreo de los sacos de grano. A las seis de la tarde la hacina del trigo no pasaba de la altura del hombro de una persona. Pero las gavillas no trilladas e intactas parecían todavía innumerables, a pesar de las muchísimas que ya se había tragado la insondable boca de la máquina, cebada por el hombre y por Tess, por cuyas tiernas manos había pasado la mayor parte de ellas. Y el inmenso almiar de paja, en el que por la mañana no había nada, parecía como el despojo fecal del rojo y zumbador tragaldabas. De occidente había surgido al cabo del nuboso día un fulgor colérico —cuanto el fiero marzo podía dar de sí en punto a crepúsculo— que bañaba los pegajosos y cansados rostros de los trabajadores, tiñéndoles de una luz cobriza, así como a las sueltas y ondeantes ropas femeniles, que colgaban de sus cuerpos cual desvaídas llamas.








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