Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Lo primero que se ofreció a los ojos de Tess fue un edificio de ladrillo rojo, todo cubierto de hiedra hasta los aleros. Al pronto pensó la joven que aquélla era la casa, hasta que, habiendo traspuesto un arco lateral con cierto titubeo y subido por un sendero hasta doblar un recodo, se encontró delante de la vivienda principal. Era ésta de construcción reciente —casi nueva— y del mismo color rojo de la otra, que tan vivo contraste formaba con el verde y perenne follaje de los muros. Tras la esquina de la casa —que se alzaba como una floración de geranios entre los más matizados colores circundantes— se extendía la perspectiva azul del Chase, verdaderamente venerable zona de espesura, uno de los pocos bosques de Inglaterra que todavía se conservaban en su estado primitivo, donde el druídico muérdago perduraba aún en los robles añosos, y los enormes tejos, no plantados por la mano del hombre, crecían lo mismo que antaño, cuando sus ramas servían para construir arcos; pero toda aquella porción de antigua floresta, aunque visible desde Los Escarpes, se hallaba fuera de los límites inmediatos de la propiedad.