Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Todo en esta cómoda propiedad estaba reluciente, próspero y en orden; hectáreas de invernaderos se extendÃan por los declives hasta las arboledas de las cañadas. Todo era como dinero, como las monedas nuevecitas, recién salidas del troquel. Las cuadras, de instalación moderna hasta en sus menores detalles y parcialmente disimuladas tras pinos austrÃacos y robles de hoja perenne, parecÃan enteramente capillitas[27]. En mitad del extenso prado se levantaba un pabellón artÃsticamente adornado, cuya puerta se abrÃa hacia ella.
La sencilla Tess Durbeyfield contemplaba en actitud un poco alarmada todo aquello desde el borde de la enarenada avenida. Sus pies la habÃan llevado hasta allà antes de que hubiera podido percatarse del lugar en que se encontraba; y ahora resultaba que nada respondÃa a lo que habÃa esperado.
—¡Yo creà que venÃamos de una familia muy antigua —pensó desalentada—; pero todo esto es nuevo y flamante!
Y lamentó haber accedido tan pronto a las instancias de su madre de «reclamar parentesco» y no haber intentado mejor hallar trabajo más cerca de su casa.