Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Todavía tintineaban los dientes del rastrillo sobre el suelo, porque no era tarde, y aunque el aire era fresco y penetrante, se percibía en él un primaveral susurro que alegraba a los trabajadores. Algo inmanente, propio del lugar, la hora, el crepitar de las hogueras, los fantásticos misterios de luz y sombra les hacía grata la estancia allí, así a Tess como a los demás. La noche, que en el helado invierno cae sobre la tierra como un enemigo, y cual un amante en el ardor del verano, tenía en aquel mes de marzo una suavidad deleitosa.