Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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No se miraban unos a otros los trabajadores. Tenían todos fija la vista en el suelo, cuya revuelta superficie resaltaba a la luz de las hogueras. Así que, ocupada Tess en remover los terrones y canturrear sus ingenuas coplillas con muy poca esperanza de que Ángel llegara alguna vez a oírlas, tardó mucho tiempo en reparar en la persona que trabajaba a su lado: un hombre con larga blusa de obrero, que rastrillaba el mismo montón que ella y que la joven supuso fuera alguien que su padre hubiera mandado para adelantar la labor. En el transcurso de la faena se le acercó más el hombre, y entonces se fijó Tess en él. Algunas veces los separaba el humo, pero luego se disipaba y ambos podían verse, aunque separados de los demás. Ni Tess le hablaba a él, ni el hombre tampoco le dirigía la palabra. Le chocó a Tess no haberlo visto durante el día ni conocerlo tampoco, siendo al parecer de Marlott, aunque se explicaba esto por haber estado ella tantas veces ausente del pueblo en los últimos años. A veces se le acercaba tanto el hombre en su faena que los destellos de la lumbre se reflejaban por igual en los dientes de acero de sus sendos rastrillos. Pero al acercarse Tess a la hoguera para echar en ella un brazado de hierba hizo lo mismo el hombre por el otro lado. Se levantó una gran llamarada y pudo entonces la joven ver la cara de d’Urberville.



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