Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Lo inesperado de su presencia y lo grotesco de su aspecto, con aquella blusa larga que sólo gastaban ya los trabajadores chapados a la antigua, resultaban de una comicidad espectral que estremeció a la joven de pies a cabeza. D’Urberville soltó una larga carcajada, aunque procurando que no lo oyesen los demás.

—Si tuviera gana de broma diría que esto es el paraíso —observó Alec, inclinando la cabeza para mirarla.

—¿Qué dice usted? —le preguntó Tess con voz débil.

—Pues que cualquier gracioso pudiera decir que esto se parece al paraíso. Tú eres Eva y yo ese Otro que viene a tentarla bajo el disfraz de un animal inferior. Yo solía complacerme cuando era teólogo en ese pasaje de Milton que dice:

—Emperatriz, el camino te aguarda, que no es largo, más allá de los mirtos… …Si aceptas, pronto te llevaré allá. —Guíame entonces —respondió Eva[143].

»Etcétera, etc. Tess, digo esto anticipándome a lo que tú pudieras pensar con la mala opinión en que me tienes.

—Nunca dije ni pensé que usted fuera Satán. No es ése el concepto en que le tengo. Lo cierto es que no pienso en usted como no se me presente delante. ¿Ha venido usted aquí a cavar exclusivamente por mí?


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