Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Se volvió Tess y continuó cavando desesperadamente, y vertiendo lágrimas sobre el astil del rastrillo y sobre la tierra.

—Hay que mirar por los niños…, por tus hermanos —siguió diciendo Alec—, yo ya he pensado en ellos.

Le dio el corazón un vuelco a Tess. D’Urberville la había herido en su punto débil. Desde su vuelta a casa no había dejado de pensar en aquellos niños con afecto apasionado.

—Si tu madre no se pone buena, alguien tendrá que atenderlos, ya que con tu padre no hay que contar. ¿No es eso?

—Para eso estoy yo.

—Y yo también.

—No, usted no.

—Qué terquedad tan necia —exclamó d’Urberville—. ¡Si tu padre cree que somos de la misma familia!

—¡No, que yo ya lo he desengañado!

—¡Ésa ha sido mayor necedad todavía!

Enojado d’Urberville, se apartó de la joven dirigiéndose a la cerca, donde se quitó la blusa y, haciéndola un lío, la tiró a la hoguera y se fue.


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