Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville En efecto, marido y mujer habían trocado los papeles: la moribunda estaba fuera de peligro, habiendo muerto el que estaba indispuesto solamente. El acontecimiento era más grave de lo que parecía. La vida de su padre tenía un valor grande, aunque no resultara muy beneficioso para la familia. Era la última de las tres vidas a cuya duración se hallaba vinculado el arriendo de la vivienda y de la parcela de labor; y tiempo hacía que el arrendador codiciaba los inmuebles para sus jornaleros, que vivían muy mal acomodados en chozas. Además, los inquilinos y colonos no eran santos de la devoción de los propietarios, de suerte que cuando caducaba un contrato de alquiler rara vez se renovaba.
Y he aquí cómo los d’Urberville hubieron de ser víctimas de la misma fatalidad que en tiempos de su opulencia hicieran caer sobre sus inquilinos y colonos de poco pelo, cual ellos lo eran ahora. Que tal es, en perpetuo flujo y reflujo, el ritmo a que se ajustan las cosas todas de la tierra.