Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tess movió otra vez la cabeza con aire de duda; tantas emociones le quitaban el aliento. No podÃa alzar los ojos hasta d’Urberville.
—Yo te debo una reparación por lo pasado, ya lo sabes —continuó él—. Además, tú me curaste de la chifladura de la santidad y te estoy muy agradecido.
—Ojalá hubiera usted seguido con esa chifladura. ¡Siquiera harÃa usted vida más ordenada!
—Estoy muy contento de esta oportunidad que se me ofrece de brindarte una compensación. Conque mañana espero oÃr descargar los muebles. Ahora venga esa mano para sellar el compromiso, mi querida y hermosa Tess.
Al pronunciar la última frase apagó la voz hasta no ser ésta más que un murmullo y apoyó la mano en la ventana. Con la mirada centelleante tiró ella bruscamente de la barra de seguridad, y al hacerlo le cogió a Alec el brazo entre la ventana y la jamba de piedra.
—¡Demonios! ¡Eres terrible! —dijo él sacando el brazo—. ¡No, ya sé que no lo hiciste aposta! ¡Bueno, pues quedamos en que te espero mañana, o por lo menos a tu madre y los chicos!
—¡Lo que es a mà no me espere! —dijo ella de pronto—. Porque me sobra el dinero.
—¿Cómo?
—Puedo pedÃrselo a mis suegros.