Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—¿Esperar a qué? ¿A que vuelva tu bonito marido? Mira, Tess, conozco a los hombres y, sabiendo los motivos de la separación, estoy convencido de que no volverá nunca a buscarte. Yo soy ahora un buen amigo tuyo, aunque tú creas lo contrario. Venid a mi finca. Allí criaremos una buena colonia de aves, de la que tu madre cuidará a maravilla, y a los niños, como te he dicho, los meteremos en un buen colegio.

Después de una pausa, durante la cual respiró afanosa, dijo Tess:

—Pero ¿es verdad que está usted dispuesto a hacer todo eso? ¡Y si cambia usted luego de idea… y nos encontramos… otra vez sin hogar!

—Desecha esos pensamientos, mujer. Yo estoy dispuesto a garantizártelo por escrito si fuera necesario. ¡Piénsalo bien!

Tess negó con la cabeza. Pero d’Urberville insistió. Nunca le había visto ella tan decidido; no admitía réplica.

—Haz el favor de decírselo a tu madre —le dijo con tono enfático—. Ella es quien debe resolver sus asuntos, no tú. Mañana por la mañana he de hacer que esté la casa como los chorros del oro, y mandaré encender una buena lumbre; para el anochecer estará ya oreada y podréis ir a instalaros en ella sin temor. De suerte que allí te espero.


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