Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Malditos escrúpulos! ¡Qué gente tan gazmoña! ¡Asà se les vuelvan ceniza sus sucias almas! —exclamó Alec con irónica vehemencia—. ¿Y ésta es la causa de que os vayáis? ¿De modo que os echan?
—Echarnos precisamente no, pero como nos dijeron que tenÃamos que desalojar la casa enseguida, pensamos que serÃa mejor hacerlo ahora que todo el mundo hace su arreglo para el nuevo año.
—¿Y adonde pensáis ir?
—A Kingsbere. Hemos tomado allà unas habitaciones. Madre está tan tonta con la parentela de mi padre, que se empeña en ir allá.
—Pero la familia de tu madre no está para alquileres, y en un poblacho como ése. Vamos a ver, ¿por qué no os venÃs a mi finca de Trantridge? Apenas si queda ya allà una gallina desde que murió mi madre, pero ya sabes que hay casa y huerta. En un dÃa puede quedar limpia, y no tenéis que hacer sino acomodaros allà tú y tu madre. A los chicos los pondremos en un buen colegio. Realmente yo estoy obligado a hacer algo por ti.
—¡Pero si ya hemos tomado alojamiento en Kingsbere, y allà podemos esperar a que…!