Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville ¿Por qué me has tratado tan cruelmente, Ángel? No era acreedora de ello. Lo he pensado todo muy bien, y no podré nunca perdonarte. ¡Ya sabes de sobra que jamás te hice ningún mal adrede! ¿Por qué me lo has hecho tú a mí? ¡Eres cruel, sí, muy cruel! Procuraré olvidarte. ¡De ti no he recibido más que injusticia!
T.
Aguardó el paso del cartero, salió a entregarle la carta y se volvió luego junto a la ventana.
Lo mismo daba escribirle así que escribirle con cariño. ¿Cómo iba él a hacerle caso? Los hechos seguían siendo los mismos que cuando él se marchó; no había ocurrido nada nuevo que pudiera inducirle a modificar su juicio.
Aumentaron las sombras y la lumbre extendió su fulgor por la estancia. Los dos niños mayores habían salido con su madre. Los cuatro pequeños, de tres y medio a once años, todos con ropas negras, charlaban de sus cosas en torno al hogar. Al cabo de un rato se les unió Tess sin encender ninguna vela.
—Ésta es la última noche que dormimos aquí, en la casa donde nacimos, niños —dijo ella—. Deberíamos pensar en ello, ¿no os parece?