Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Callaron todos, y con esa impresionabilidad de sus pocos años estuvieron a punto de prorrumpir en llanto al escuchar aquellas palabras de postrimerías que Tess pronunciara, por más que durante todo el día la idea de la mudanza los hubiese tenido locos de contento.

La joven cambió de tema.

—¡A ver —dijo—, cantad algo, niños!

—¿Qué vamos a cantar?

—Cualquier cosa, lo que sepáis.

Reinó breve silencio, que fue primero interrumpido por un conato de canto; luego, una segunda voz vino en ayuda de la primera, y después otra tercera y otra cuarta, hasta que por último se formalizó el coro, entonando una estrofa aprendida en el colegio:

Aquí sufrimos dolor y pena y nos encontramos para separarnos después, en tanto allá arriba siempre estaremos juntos.

Cantaban los cuatro niños con la flemática placidez de quienes hubieran resuelto de tiempo atrás la gran cuestión y estuvieran segurísimos, sin ningún linaje de duda, de que no había que devanarse más los sesos. Haciendo muchos mohínes con la cara para emitir las notas y con la vista fija en la llama siguieron cantando los cuatro hermanitos, prolongando los más pequeñines sus notas cuando callaban los demás.


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