Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tess los dejó con su canción y volvió junto a la ventana. Estaba ya todo oscuro también allá fuera, y la joven pegó la cara a los cristales para sondear la negrura. Aunque, en realidad, lo hacÃa para ocultar sus lágrimas. ¡Si ella tuviera fe en aquello que los niños cantaban, si pudiera abrigar esa seguridad, de cuan distinto modo mirarÃa su situación! ¡Con qué abandono y confianza se entregarÃa a la providencia y a su futuro reinado! Pero a falta de aquello, no tenÃa más remedio que hacer algo, ver el modo de ser su propia providencia; porque para Tess, como para tantas otras criaturas, encerraban una terrible sátira aquellos versos del poeta: No venimos en completa desnudez sino arrastrando nubes de gloria[144]…
Para ella y sus semejantes, el nacimiento mismo era una prueba de coacción personal, un sino gratuito, cuyas consecuencias podÃan mitigarse a lo sumo, pero nunca justificarse por completo.
No tardó en distinguir entre las sombras del húmedo camino a su madre, acompañada de Liza-Lu y Abraham. Los zuecos de la señora Durbeyfield resonaron hasta la puerta y Tess salió a abrir.
—Junto a la ventana veo huellas de herraduras —dijo la madre—. ¿Ha estado aquà alguien a caballo?
—No —dijo Tess.
Los niños la miraron severamente desde el hogar, y uno de ellos murmuró: