Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Acompañada de Liza-Lu y del hijo mayor, volvió Joan a subir la cuesta que conducÃa al pueblo. Al desembocar en la primera calle vieron a un hombre a caballo que miraba a un lado y a otro.
—¡Ah! —exclamó al ver a Joan, dirigiéndose a ella—, la andaba buscando a usted. ¿Es que se han dado ustedes cita en la residencia histórica de la familia?
Aquel jinete no era otro que Alec d’Urberville.
—¿Dónde está Tess? —preguntó.
No sentÃa Joan ninguna simpatÃa por él, pero le indicó la dirección de la iglesia y siguió su camino, diciéndole d’Urberville que si no encontraba casa él los proveerÃa de todo. Se encaminó Alec luego a la posada, de donde a poco volvÃa a salir a pie.
Tess, entretanto, hacÃa lo posible por animar a sus hermanos, hasta que viendo que no lo conseguÃa, salió a dar una vuelta en torno al camposanto, que ya empezaba a sumirse en las tinieblas de la noche. La puerta de la iglesia estaba abierta y en ella entró Tess por primera vez en su vida.