Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville De esa labor de imaginación se hallaban en ayunas, como es natural, la pobre Tess y sus padres, por desgracia para ellos; más aún, ignoraban la posibilidad de tales anexiones de apellidos, suponiendo que si el ser poderoso era un don de la suerte, el apellido se heredaba con la sangre, como cosa dada por la naturaleza[28].
Tess permanecÃa inmóvil y perpleja, como el bañista que a punto de tirarse de cabeza al agua duda entre hacerlo asà o retirarse, cuando por la oscura puerta triangular del pabellón salió cierta persona. Era un joven alto, que venÃa fumando. TenÃa la cara muy morena, gruesos los labios, de corte no muy feliz, aunque sà rojos y suaves, y dándoles sombra, un cuidado bigote negro de rizadas guÃas, aún no aparentando más de veintitrés o veinticuatro años. Su rostro, a pesar del toque de rudeza que tenÃan sus facciones, estaba animado por un encanto especial que destellaba en sus ojos atrevidos y móviles.
—Buenos dÃas, preciosidad, ¿qué se le ofrece a usted? —dijo adelantándose y reparando en la confusión de la joven—. No se preocupe por mÃ. Soy el señor d’Urberville. ¿Ha venido usted a verme a mà o a mi madre?