Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—¡Pero éste no es nuestro Ángel…, no es nuestro hijo! ¡No es el Ángel que se fue! —exclamó dolorida, volviendo a otro lado el semblante.

También el pastor sufrió una impresión dolorosa al ver lo desmejorado que venía el joven de aquel país remoto adonde emigrara, huyendo de los enojosos acontecimientos que le sucedieran. Se adivinaba el esqueleto tras el rostro y casi el espíritu tras éste. Semejaba un trasunto del Cristo en la expiración, de Crivelli[146]. Tenía los ojos hundidos y había huido de sus pupilas la luz. Las concavidades faciales y angulosas líneas de sus ancianos antepasados habían llegado a marcarse en su rostro con veinte años de anticipación.

—Es que estuve allí enfermo —dijo Ángel—, pero ya estoy completamente restablecido.

Sólo que como si se propusieran desmentir sus palabras, sus piernas parecieron abandonarle y tuvo que darse prisa a sentarse para no caerse. Sólo fue aquello un pasajero desvanecimiento, consiguiente a la fatigosa jornada y la emoción de ver de nuevo a sus padres.

—¿No ha venido otra carta para mí? —preguntó—. Recibí la última por pura casualidad, por haber retrasado mi embarque; si no, hubiera venido antes.

—Sería de tu mujer, ¿verdad?

—Sí.

Efectivamente; había allí otra carta para él que no le habían reexpedido, esperando su pronta llegada.


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