Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Por fin se oyó un leve ruido en el camino y el derrengado carricoche se dejó ver tras de la verja. Se apeó de él una figura a la que fingieron reconocer, pero que de haberla encontrado por la calle no hubieran sabido quién era, si no hubiera salido de ese vehículo en ese momento en que se esperaba a cierta persona.

La señora Clare se precipitó por el oscuro pasillo hacia la puerta, seguida de su marido, que caminaba más despacio.

El recién llegado, que ya entraba en la casa, vio sus inquietos semblantes a la puerta y el fulgor del ocaso reverberando en sus lentes, que reflejaban los últimos destellos del día; pero los ancianos veían sólo su figura a contraluz.

—¡Hijo mío, hijo de mi alma…, al fin te tenemos en casa otra vez! —exclamó la señora Clare, olvidada tanto de las máculas heterodoxas que habían ocasionado la separación del joven como del polvo que cubrían sus ropas.

¿Qué mujer, aun la más fanática, cree en las promesas y amenazas del Verbo con la misma fe que en sus hijos, ni cuál de ellas no daría toda su teología a cambio de la felicidad del hijo amado? Tan pronto como pasaron a la habitación en que ardían las dos velas miró con ansia la cara del viajero.


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