Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Se retiró a la habitación de adentro, que era propiamente su cuarto de trabajo, y siguió dándole a la aguja. Ni volvía la ausente ni llamaba el señor. Hasta que la hospedera, extrañando todo aquello, recostó la cabeza en su silla y se puso a hacer cábalas sobre la relación que pudiera existir entre el madrugador visitante y el supuesto matrimonio d’Urberville.
Haciendo conjeturas de esta suerte hubo de fijar casualmente la vista en el techo, llamándole la atención entonces una manchita que había en el centro de su blanca superficie y que hasta allí no notara. No era más grande que una oblea al principio, mas luego se hizo tan ancha como la palma de la mano, observando la hospedera que era roja. El blanco techo oblongo, con la mancha escarlata en el centro, parecía un as de corazones de la baraja francesa.
La señora Brooks fue presa al punto de inquietantes presentimientos. Se subió a la mesa y tocó con sus dedos la mancha bermeja. Estaba húmeda y a ella le pareció notar que era sangre.
Bajó de la mesa, salió del cuarto y subió la escalera con intención de entrar en la alcoba del gabinete mencionado. Pero a pesar del dominio que ejercía sobre sus nervios, no tuvo valor para tirar del picaporte. El profundo silencio que dentro reinaba sólo lo interrumpía una serie de leves golpecitos isócronos: tic, tic, tic.