Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Bajó a escape la escalera la patrona, abrió la puerta y salió a la calle. A la sazón pasaba por allí un hombre que trabajaba en la contigua villa, y la mujer le rogó que entrara con ella en la casa y subiera al piso de arriba, pues temía que a uno de sus huéspedes le hubiera pasado algo.

Ya arriba, abrió la puerta del gabinete y cedió el paso a su acompañante, quedándose ella detrás. La habitación estaba desierta; el desayuno —muy suculento a la verdad, consistente en huevos, jamón y café— seguía sobre la mesa, intacto, según lo dejara allí la patrona; sólo faltaba el cuchillo. La señora Brooks rogó al hombre que pasara a la alcoba.

Abrió el hombre la puerta plegable, dio un paso hacia dentro y casi al instante retrocedió, con la faz lívida:

—¡Dios mío! ¡El señor está muerto en la cama! Deben de haberle dado una puñalada…; en el suelo hay un charco de sangre.





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