Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Estaba tan pálida y jadeante, y le temblaban de tal modo todos sus músculos, que Ángel no le hizo ninguna pregunta, y cogiéndole la mano y poniéndosela bajo el brazo, siguió adelante en su compañía. Con objeto de eludir todo posible encuentro, se apartó de la carretera y tomó por una senda que se internaba en un bosquecillo de abetos. Luego que hubieron penetrado un poco en la susurrante espesura, se detuvo y miró a la joven con aire interrogante:
—¡Ángel! —exclamó ella, anticipándose a sus preguntas—. ¿No sabes por qué he venido corriendo tras de ti? ¡Pues para decirte que le he matado!
Y una amarga sonrisa descolorida asomaba a la faz de Tess.
—¡Cómo! —dijo él, presumiendo por lo insólito de sus maneras que fuera víctima de algún delirio.