Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Pero ¿materialmente? ¿Está muerto?
—Sí, me oyó llorar por ti y se puso a hacer befa de mi llanto y a insultarte a ti, y entonces le maté. No pude contenerme. Estaba ya harta de oírle burlarse de ti y de mí, de los dos. Luego me vestí y salí a la calle, en tu busca.
Poco a poco fue Ángel haciéndose a la idea de que Tess había intentado hacer por lo menos lo que decía haber llevado a cabo, y el horror que aquello le produjo se unió al asombro que experimentaba al sentir la fuerza arrolladora del amor que le tenía, el cual había borrado de su alma, aparentemente, toda noción de moral. Tess, incapaz de apreciar la gravedad de su acto, se mostraba muy alborozada; y al mirarla Ángel, reclinada en su hombro, llorando de puro feliz, se preguntaba Ángel qué extraño fermento de la sangre de los d’Urberville la habría llevado a tal aberración, si es que lo era en efecto. Por un momento pensó el joven si toda aquella leyenda del coche de los d’Urberville y el asesinato cometido en su interior por uno de ellos no debería su origen al concepto en que la gente los tenía como capaces de realizar actos truculentos. Luego que pudo coordinar un poco sus ideas, concibió la hipótesis de que Tess habría obrado así por haber perdido temporalmente el juicio, soliviantada por su dolorosa situación.