Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Si era cierto, era terrible; pero aunque sólo se tratase de una alucinación pasajera, era lamentable. De todas suertes, el caso era que allí tenía a su esposa, a aquella mujer tiernamente apasionada, entregada a él por entero, sin pensar ni por un momento que él se negase a ampararla con todas sus fuerzas. Comprendía asimismo Ángel que en la situación actual no podía hacer otra cosa sino defenderla. Al fin, se apoderaba el amor del ser entero de Ángel. Le dio un beso interminable con sus pálidos labios, le cogió una mano y le dijo:

—¡No temas que te abandone nunca! ¡Te defenderé por cuantos medios estén a mi alcance, sea lo que quiera lo que hayas hecho!

Siguieron caminando bajo los árboles, y Tess se volvía a cada paso para mirar a su esposo. Aunque estaba tan desmedrado que no parecía el mismo, ella no daba muestras de encontrarlo menos hermoso. Seguía representando para ella como en otro tiempo la suma de perfecciones físicas y morales. Era todavía su Antínoo, su Apolo[153]; su enfermizo rostro resplandecía bello como la mañana para sus ojos apasionados, porque era la cara del único hombre del mundo que ella había amado puramente y en cuya pureza había tenido fe.


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