Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Apreciando las circunstancias con instinto práctico, en vez de encaminarse a la estación, según a lo primero pensaran, se internaron más por el bosque de abetos que por allí se extendía durante leguas y leguas. Estrechamente abrazados por la cintura hollaron el enjuto lecho de follaje, arrobados en la dicha de hallarse por fin juntos, sin que nadie pudiera separarlos, cual si ignorasen que había entre ambos un cadáver. Así continuaron por espacio de varios kilómetros, hasta que, por último, despertando Tess de su muda abstracción, dijo con timidez:
—¿Adonde vamos, Ángel?
—No lo sé, amor mío. ¿Por qué me lo preguntas?
—Por nada.
—Podríamos adelantar unos cuantos kilómetros más y cuando cerrara la noche buscar cobijo en cualquier parte, quizá en alguna casa abandonada. ¿Estás muy cansada, Tess?
—¡Oh, no! Abrazada a ti podría andar hasta el fin del mundo.