Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Después de todo, era aquello lo mejor que podían hacer. Apresuraron, pues, el paso, evitando las carreteras y siguiendo hacia el norte las sendas más ocultas. Pero durante todo el día anduvieron divagando sin rumbo fijo, sin que parecieran abrigar ninguna intención clara de escapar a sus posibles perseguidores. Sus ideas todas convergían en el momento presente, y eran de todo punto ajenas al espíritu de previsión, como los planes que urden los niños.
A eso del mediodía llegaron a una venta y Tess quiso entrar allí con su marido a tomar un bocado; pero Ángel la convenció de que debía estarse escondida entre los árboles hasta que él volviera, y así lo hizo la joven. Las ropas de la muchacha resultaban harto elegantes y a la moda, y hasta el paraguas que llevaba, con el puño de marfil, harto lujoso para aquellos lugares por donde a la sazón pasaban, y hubiera llamado la atención a los pobres dueños de la venta. No tardó en volver Ángel con viandas suficientes para media docena de personas y dos botellas de vino, con todo lo cual tendrían más que sobrado para uno o más días, si las circunstancias los obligaban a no acercarse a poblado en ese tiempo.
Se sentaron en unas ramas secas y compartieron parte de los alimentos. A eso de la una y media guardaron los restos y reanudaron la marcha.