Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville âMe siento con fuerzas para andar cuanto sea necesario âdijo Tess.
âYo creo que lo mejor es que nos metamos tierra adentro, donde podamos estar algĂșn tiempo ocultos, que por allĂ no habrĂĄn de buscarnos tanto como por la costa âobservĂł Ăngelâ. MĂĄs adelante, cuando se hayan olvidado de nosotros, podremos dirigirnos a algĂșn puerto.
Por toda respuesta ella se estrechĂł mĂĄs contra su pecho y siguieron andando con rumbo al interior. Aunque el tiempo era el correspondiente a un mayo inglĂ©s, estaba la atmĂłsfera serena y clara y hasta se dejaba sentir algo de calor por las tardes. Los Ășltimos kilĂłmetros de su itinerario los recorrieron por una senda que penetraba hasta el corazĂłn de New Forest, y al oscurecer, al doblar un puente, vieron un gran cartelĂłn que en letras tamañas decĂa: «Preciosa mansiĂłn amueblada, se alquila», añadiendo que para mĂĄs detalles habĂa que dirigirse a ciertos agentes de Londres. Trasponiendo la verja vieron la casa, que era un antiguo edificio de ladrillo de regular diseño y sobradamente espacioso.
âLo conozco âdijo Ăngelâ. Es la mansiĂłn Bramshurst. Ya ves que estĂĄ cerrada y que la hierba crece en las avenidas.
âAlgunas ventanas estĂĄn abiertas âobservĂł Tess.
âSerĂĄ para que se oreen las habitaciones.