Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Tantas habitaciones vacías y nosotros sin techo!
—¡Estás cansada, Tess! —dijo él—. Pronto haremos una parada.
Y besando su triste boca, la ayudó a proseguir.
También él se iba cansando, porque llevaban andadas de veinte a veinticinco kilómetros y era preciso ver lo que hacían para buscar reposo. Miraban de lejos las viviendas aisladas y las pequeñas posadas, pero cuando el anhelo de descanso hacía que se acercasen a uno de estos últimos, les entraba temor y se alejaban. Hasta que al fin, rendidos, se detuvieron.
—¿No podríamos echarnos a dormir bajo los árboles? —preguntó ella.
Él argüyó que todavía no iba la estación lo bastante avanzada.
—Yo no hago más que pensar en esa casa vacía que hemos dejado atrás —dijo Ángel—. Volvamos a ella.
Retrocedieron hasta allí, pero tardaron media hora en llegar a la verja que traspusieran antes.