Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Aquí ya han sazonado —respondió el joven.

Se puso a cortar ejemplares del sabroso fruto, que ofreció luego a Tess, y eligiendo entre todos uno, hermosísimo y raro, de la variedad reina británica, se irguió, y cogiéndolo del pedúnculo, se lo puso en la boca a la muchacha.

—¡No! ¡No! —se apresuró a decir aquélla, interponiendo su mano entre sus labios y la de su primo—. Prefiero cogerla yo misma.

—¡Qué tontería! —insistió él.

Y con leve desfallecimiento, abrió Tess los labios y tomó en ellos el fruto.

Se entretuvieron largo rato, dando vueltas sin rumbo fijo y comiendo Tess, medio halagada, medio recelosa, lo que d’Urberville le ofrecía. Cuando ya se negó la joven a comer más fresas, fue él y le llenó un cestillo; luego, al pasar por los planteles de rosas, cortó algunos capullos y se los brindó a Tess para que se los prendiera en el pecho. Obedeció la joven como en sueños, y cuando ya no pudo prenderse más, le puso él varios en su sombrero y le colmó la cesta con otros, procediendo en todo con galante prodigalidad. Hasta que, por último, consultando su reloj, dijo el muchacho:

—Ea, ya es hora de que tome usted algo de comer, que de aquí a que pase el coche de Shaston hay tiempo de sobra. Venga usted conmigo y veré qué puedo encontrar.


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