Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Stoke d’Urberville la hizo volver al prado y entrar en el pabellón, donde la dejó sola, volviendo a poco con una cesta en la que llevaba un almuerzo que él mismo se encargó de servir. Saltaba a la vista que no quería el joven que le estorbase la servidumbre en aquel delicioso tête-á-tête.

—¿Le molesta que fume? —preguntó.

—Nada de eso, señor.

Contemplaba el joven el gracioso e inconsciente masticar de Tess por entre los celajes de humo que llenaban el pabellón, y Tess Durbeyfield no adivinó, al mirar inocentemente las rosas que adornaban su pecho, que allí, tras la soporífera neblina azul, estaba en germen el trágico infortunio de su drama, lo que había de ser el rayo rojo sangre en el espectro de su juvenil existencia. Tenía la joven en aquel instante una cualidad que resultaba desventajosa, y hacía que los ojos d’Urberville se clavasen en ella. Era una exuberancia, una plenitud vital que le daba apariencia de ser más mujer de lo que en realidad era. Había heredado la joven de su madre el aspecto maternal, sin la condición que trae éste consigo. Aquello no había dejado de preocuparle alguna vez a Tess, hasta que sus amigas hubieron de decirle que con el tiempo se le quitaría.

No tardó en dar fin al almuerzo.

—Ahora me voy a casa —dijo, poniéndose en pie.


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