Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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No habría pasado un segundo cuando se despertó Tess y después de ella Ángel. Ambos experimentaban la sensación confusa de haber pasado allí algo que no podían precisar; y la desagradable impresión en ellos producida por el misterioso suceso fue subiendo de punto. Tan pronto como estuvo vestido, escudriñó Ángel cautelosamente el jardín, mirando por la rendija del postigo.

—Me parece que no tenemos más remedio que despejar el campo enseguida —dijo Ángel—. Hace un día hermosísimo. Y no me cabe duda de que alguien anda por la casa. Cuando menos, la guardesa no puede faltar hoy.

Asintió Tess pasivamente, y después de poner en orden la habitación, cargaron con su reducido equipaje y se fueron con el mayor silencio posible. Ya en el bosque, se volvieron a echarle una última ojeada a la casa.

—¡Casa feliz! ¡Adiós! —exclamó Tess—. Sólo unas cuantas semanas me quedan ya de vida… ¿Por qué no hemos seguido ahí?

—No digas eso, Tess. No tardaremos en alejarnos de esta comarca. Seguiremos nuestro camino según lo empezamos, siempre hacia el norte. Nadie pensará en buscarnos por allá, sino por los puertos del Wessex, si es que nos buscan. Ya en el norte, nos embarcaremos en algún puerto y nos pondremos en franquía.


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