Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Dejaron pasar otro día. Por la noche se despejó el cielo, resultando de ahí que la guardesa madrugara al día siguiente. Animada al ver el buen día que hacía, la mujer decidió ir enseguida a ventilar la finca. Y sucedió que, habiendo llegado y abierto de par en par las habitaciones de la planta baja antes de las seis, subió a los dormitorios y se dispuso a levantar el picaporte de aquél en que se hallaban nuestros enamorados consortes. A la mujer le pareció que allí dentro alentaban personas. Como iba en chanclas, había llegado hasta allí sin armar ruido, por lo que no se habían despertado los jóvenes. La mujer se echó atrás al pronto, sobrecogida; luego pensó si no habría oído mal, y acercándose de nuevo a la puerta, levantó suavemente el picaporte. Estaba desarreglada la cerradura, pero habían arrimado a la puerta un mueble, que no dejaba que aquélla se abriese más de uno o dos centímetros. Una rendija de luz que se filtraba por las maderas de la ventana caía sobre los rostros de la pareja hundida en profundo sopor, los labios de Tess entreabiertos como una flor. Le chocó tanto a la guardesa el inocente aspecto de los durmientes, la elegancia del traje de Tess, que estaba colocado encima de una silla, junto a las medias de seda, y el lindo paraguas, que la primera indignación de la vieja ante la osadía de los vagabundos se trocó luego en una racha de sentimentalismo, pensando que acaso fueran novios que se habían escapado juntos. Y cerrando la puerta, se retiró tan suavemente como había entrado, a fin de comunicarles a sus vecinos el extraño descubrimiento que acababa de hacer.