Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville A pesar de hallarse encapotado el cielo, la difusa claridad del cuarto de luna les había favorecido hasta allí un tanto. Pero luego se ocultó la luna, las nubes parecían cernerse sobre sus cabezas y la noche estaba como boca de lobo. Siguieron, sin embargo, camino adelante, procurando en todo lo posible pisar en el césped para amortiguar el eco de sus pasos. Todo alrededor de ellos era soledad despejada y negro abandono, sobre los que soplaba delicada brisa.
Ya habían recorrido a tientas cuatro o cinco kilómetros más, cuando de pronto observó Ángel frente a ellos una vasta construcción que bruscamente se alzaba sobre la hierba. En poco estuvo que no tropezaran con ella.
—¿Qué será esto? —exclamó Ángel.
—Mira cómo zumba, Ángel —observó Tess.
Escuchó Ángel.