Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El aire, al rozar la mole, producía un zumbido semejante a la nota de un arpa gigantesca de una sola cuerda. No se oía ningún otro sonido, y levantando Ángel la mano y adelantándose unos pasos, palpó la superficie vertical de aquello que parecía ser un monolito enterizo, sin junturas. Paseando por él sus dedos, pudo comprobar Ángel que se trataba de un colosal pilar rectangular; y extendiendo la mano izquierda, se cercioró de que a su lado había también otro semejante. A inmensa altura sobre sus cabezas, había algo que parecía ser el amplio arquitrabe que unía horizontalmente a uno y otro pilar. Entraron cautelosamente los jóvenes en el espacio intermedio, y los paramentos reprodujeron el leve rumor que habían provocado, pero aún seguían teniendo la sensación de hallarse a la intemperie. No había techumbre. Suspiró Tess amedrentada, y Ángel, perplejo, dijo:
—¿Qué será esto?
Caminando lateralmente dieron con otro pilar en forma de torre, tan cuadrado y masivo como el primero. Más allá había otros dos. Todo se volvían puertas y pilares, algunos de estos últimos unidos por arquitrabes continuos.
—Un verdadero templo de los vientos —dijo Ángel.