Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El pilar inmediato estaba completamente aislado. Otros componían un trilito, y algunos estaban caídos formando una calzada lo bastante ancha para permitir el paso de un carruaje. No tardaron en comprobar los fugitivos que aquello era un verdadero bosque de monolitos, agrupados en la verde extensión de la llanura. Se internaron más en aquel pabellón de la noche y allí hicieron alto.
—Esto es Stonehenge —exclamó Ángel.
—¿El templo pagano?
—Sí. Más viejo que el tiempo; más antiguo que los d’Urberville. Pero ¿qué vamos a hacer? Tenemos que buscar albergue en otra parte.
Pero Tess, que estaba rendida, se tendió en una losa oblonga y se guareció del viento detrás de una columna. Por haberle dado el sol durante todo el día estaba la piedra caliente y seca, formando grato contraste con la áspera y helada hierba que a la joven le había empapado la falda y los zapatos.
—No puedo seguir adelante, Ángel —dijo, tendiendo su mano en demanda de la del marido—. ¿Por qué no nos quedamos aquí?
—No lo creo prudente. Ahora es de noche y no nos verían, pero de día se ve esto desde muchos kilómetros de distancia.