Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Wintoncester, la hermosa y arcaica ciudad que fue otro tiempo capital de Wessex, se extendÃa por las colinas y barrancos de la inacabable hondonada, bajo el caliginoso esplendor de una mañana de julio. Las tejas, ladrillos y sillares de las casas se habÃan despojado hasta el otoño de su verdoso tegumento de liquen; los arroyos y regatos serpenteaban por los calcinados prados, y en la inclinada calle principal, desde la puerta de occidente hasta la cruz medieval, y desde ésta hasta el puente, se notaba el perezoso barrido de las calles, tradicional anuncio de un dÃa de mercado.
Desde la mencionada puerta occidental, como saben todos los vecinos de la población, sube la carretera en uniforme cuesta de un kilómetro justo, dejando poco a poco atrás las últimas casas. Por aquella puerta, pasado el fielato, caminaban con vivo andar dos personas, que, llenas de preocupación y no por cierto de optimismo, no reparaban en lo abrupto de aquel repecho. Acababan de salir de un estrecho postigo enrejado que sobre el camino se abrÃa en el alto muro de un edificio situado poco más abajo. Su continente daba a entender que tenÃan prisa por alejarse de la ciudad y que a tal fin seguÃan aquel camino. Aunque eran jóvenes marchaban cabizbajos, mientras los rayos del sol sonreÃan crueles ante su infortunio.