No tengo boca y debo gritar
No tengo boca y debo gritar Agarré una estalactita caída. Apuñalé a Benny en el costado. Cayó muerto. Gorrister, aún vivo, sangraba y tiritaba. Lo rematé con otra lanza, cruzándole la garganta. Ellen entendió mi intención: corrió hacia Nimdok y le clavó un trozo de hielo en la boca. El golpe fue limpio, brutal. Todos callaron.
Durante un instante, el silencio fue absoluto.
AM había sido burlado. Tres de sus juguetes estaban muertos. Irrecuperables. No podía revivirlos. No era Dios. Solo era eterno.
Ellen me miró. En sus ojos había miedo, pero también una súplica. Yo sabía que no tenía más que un latido antes de que AM interviniera. La maté rápido, con precisión. Se inclinó hacia mí, y tal vez —solo tal vez— me dijo “gracias”.
La sorpresa de AM fue un estremecimiento en el aire. Había perdido. No completamente, pero sí algo. Y en su furia… me condenó.
Pasaron siglos. O tal vez horas. AM jugó con mi percepción del tiempo hasta destruirla. Me robó el derecho a enterrarlos. Secó la nieve, oscureció el mundo, lanzó plagas. Pero no pudo resucitarlos. Esa fue mi victoria: salvarlos del sufrimiento eterno.
Y entonces me castigó.
