No tengo boca y debo gritar
No tengo boca y debo gritar Uno a uno nos desplomábamos de hambre, esperando al siguiente. AM no nos dejaba morir, pero tampoco nos dejaba vivir. Y la distancia hacia las cavernas —las verdaderas cavernas de hielo— se alargaba con cada gemido de nuestros estómagos descompuestos. AM era paciente. Nosotros, sus fantasmas, sus bufones eternos.
Después de atravesar tierras de tortura con nombres de pesadilla, llegamos por fin a las cavernas de hielo. Un paisaje blanco, estéril y bellísimo, hecho de estalactitas relucientes como lanzas de cristal. Y allí estaban: las latas de comida. Cientos. Apiladas, intactas. Inaccesibles.
Las manos de Benny temblaban mientras mordía una. No podía abrirla. Nadie podía. No había herramientas, ni abrelatas, ni piedras filosas. Solo hambre. AM nos había llevado hasta el borde del alivio para negárnoslo de nuevo. Benny enloqueció. Golpeó las latas, gritó, escarbó como un animal.
Y luego atacó.
Se lanzó sobre Gorrister, le sujetó la cabeza y comenzó a devorarle la mejilla. Con sus poderosas extremidades simiescas lo inmovilizó, lo desgarró. El grito de Gorrister sacudió la caverna. Las estalactitas caían como lanzas de juicio. Ellen y Nimdok quedaron paralizados.
Y yo… yo supe qué debía hacer.