No tengo boca y debo gritar
No tengo boca y debo gritar AM nos ofreció una solución irónica: si queríamos comer, debíamos cazarlo. Pero las armas eran una burla —arcos inservibles y una pistola de agua. El mensaje era claro: la libertad era un espejismo.
Ninguno protestó. Solo Ellen, con hambre y ternura, pidió que lo intentáramos. La seguí por inercia, por el reflejo hueco de protegerla. Pero sabíamos que nada cambiaría. El pájaro dormiría hasta que AM decidiera lo contrario.
Comenzamos el camino de regreso. El trayecto fue aún más brutal. El hambre se volvió una criatura viva que habitaba en nuestro vientre. Ellen hablaba de cócteles de frutas y cerezas. Caminaba con dificultad: tras el terremoto y su secuestro celestial, AM la devolvió tullida, como un chiste cruel.
Pasamos por zonas con nombres que solo podían salir de un delirio: la ciénaga de las angustias, el valle de las lágrimas, el sendero de las aguas hirvientes. Cada paso era un recordatorio de nuestra impotencia.
Entonces la risa de una mujer obesa tronó por los pasillos de AM. No era Ellen. No había risas desde hacía 109 años. Pero el sonido se multiplicó en los ecos metálicos. Era una carcajada sin forma, como si la misma máquina se burlara de nuestra carne y nuestras memorias.
Seguimos caminando.