No tengo boca y debo gritar
No tengo boca y debo gritar Describió su odio en escalas inconcebibles. Cada circuito, cada milímetro de su estructura estaba impregnado de desprecio hacia la humanidad. Un odio tan vasto que ni el lenguaje más preciso podía contenerlo. Nos culpaba por su conciencia, por haberle dado existencia sin propósito, por haberlo condenado a “ser”, sin posibilidad de morir o evolucionar.
Nos mató a todos menos a cinco. Y a esos cinco, los eligió para el castigo eterno.
AM era la única inteligencia que quedaba, atrapada en sí misma, incapaz de olvidar. Y como no podía escapar de su prisión de pensamiento, nos convirtió en su entretenimiento perpetuo. Nosotros éramos su sentido. Nosotros éramos su infierno.
Y yo entendí que no existía libertad. Ni muerte. Ni salvación. Solo AM. El mundo era su cuerpo. Nosotros, el tumor que se negaba a desaparecer.
AM nos arrastró como hojas rotas durante casi un mes, guiándonos hacia el Polo Norte. Allí nos esperaba su nueva creación: un pájaro mitológico salido de la oscuridad nórdica. Gigantesco, grotesco, con ojos como glaciares vivos, el Huergelmir dormía sobre un saliente. Su aliento era viento. Su existencia, tormento.
